La historia de Maestro Ocelotl
Al Maestro Ocelotl lo conocen en la Merced desde que era un escuincle. Su abuela, doña Tacha, tenía un puesto de hierbas en el Mercado de Sonora, y él se la pasaba entre costales de ruda, pirul y romero, oyendo a la gente contarle sus penas. “Mi abuela no vendía hierbas”, dice, “vendía esperanza; la hierba nomás era el pretexto”.
A los quince años encendió su primera veladora a la Santa Muerte, en un altarcito que le armó su abuela al fondo del puesto. Ese mismo año empezó a acompañar a un maestro veracruzano que bajaba cada mes de Los Tuxtlas a surtirse al Sonora. De él aprendió los cortes, las protecciones y a leer en la cera de una veladora lo que la gente no se atreve a decir.
El bastón que siempre lo acompaña lo fue armando con los años. Cada cuenta, cada pluma y cada listón rojo se lo regaló alguien a quien ayudó. “Ese palo pesa”, se ríe, “pero pesa bonito: cada cuenta es una historia de alguien que salió adelante”.
Hoy atiende en su consultorio, a unos pasos del mercado donde creció, frente a un altar de la Niña Blanca que nunca se queda sin flores ni veladoras rojas. Trabaja protecciones contra envidias, cortes de trabajos y amarres, y también atiende a distancia a quienes no pueden llegar hasta la Merced.
Su regla es sencilla: primero te escucha, luego te dice qué sí se puede hacer y qué no, y cuánto cuesta, todo desde el principio. “Aquí nadie se va sin saber qué le hice y por qué”.
